El Silencio es la comunión de un alma consciente con sí misma. Si el alma atiende por un momento a su propia infinitud, allí mismo está el silencio. Es audible a todos los hombres, todo el tiempo, en todos los lugares, y si queremos siempre podemos
escuchar sus advertencias.

Henry David Thoreau

¿Porqué nos cuesta tanto encontrar el silencio?

Nos suenan lejanas las palabras de Thoreau con la que abrimos esta entrada, para quien “el silencio es siempre menos extraño que el ruido… Está siempre a mano con su sabiduría, por las orillas y esquinas de las carreteras“. Por el contrario, nos encontramos sumidos siempre en un exceso de ruido a veces externo pero también ocasionado por un traqueteo de pensamientos, de un continuo discurso mental que no sólo no nos lleva a ningún lugar sino que además agota nuestra energía. La mente nos ensordece con su constante discurrir (o discutir). Y lo que nos dice, ya lo conocemos: pasamos de una elaboración a otra, de un recuerdo a otro, heridas, desencuentros, recuerdos, algunos que acaban disipando y otros que se enquistan y acaban influyendo y distorsionando nuestra forma de percibir .

Se considera que el setenta por ciento del ajetreo mental, que los científicos llaman “la red por defecto” es autoreferenciado, es decir que yo soy el protagonista. Y cuanta más actividad por defecto tengo, mayor es mi sensación de infelicidad. Usamos muchas más neuronas de las que realmente necesitamos y, sobre todo, lo hacemos de forma incoherente y algo confusa.

En cambio, cuando conseguimos que el silencio se instale en nosotros, el mundo adquiere otra luminosidad, otra amplitud. Abre una puerta hacia una realidad más sutil lejana del mundo que construimos y elaboramos con nuestra mente. Para Ramana Maharshi que se mantuvo sin hablar once años seguidos, el silencio (mouna) era la enseñanza más elevada. El pensamiento construye a partir de material conocido, pero el silencio te abre la puerta a ver y escuchar con más claridad y conciencia. Es la puerta para acceder de una forma diferente a nosotros mismos.

¿Cómo conseguimos encontrar el silencio?

Nuestra mente es un flujo constante de pensamientos que se derivan unos de otros por asociaciones múltiples y que no es posible suprimir. Esa es la naturaleza de la mente. Lo que sí podemos hacer es, mediante la práctica meditativa, debilitarlos y reducirlos a través de una observación desapegada, sin juicios, con distancia. En todas las escuelas espirituales encontramos prácticas para pacificar la mente, para serenar la “mente del mono” o la “loca de la casa” de Santa Teresa de la Cruz, o la Red por defecto. En los textos clásicos y enseñanzas del yoga encontramos los términos sánscritos pratyahara, dharana, dhyana, diferentes niveles de atención que nos ayudan a dirigir los sentidos hacia dentro (pratyahara), aliviándonos de las distracciones externas, a dejar lo externo como externo para mantener nuestra atención concentrada hacia nuestro interior (dharana). Cuando permaneces en ese estado de concentración, dharana se transforma en dhyana o meditación, la concentración interiorizada para alcanzar la percepción directa del sí mismo superando los límites de la mente. El dhyana yoga es el ejercicio práctico más eficaz para traer nuestra atención hacia el silencio interior y vivir más en el presente. Es posible fundirse con la Realidad mediante la práctica de meditación continua, regular y constante. Ya contamos con numerosos estudios científicos en los que se observa que las personas que meditan utilizan mucho menos el cerebro y lo hacen de forma más eficiente y con mayor coherencia.

Beneficios de la meditación

Meditar tiene grandes ventajas: cuando la mente se relaja, el cuerpo se distiende. El sistema nervioso autónomo se torna más estable y ayuda a que el meditador tenga mayor resistencia al estrés. Los niveles en sangre de adrenalina, noradrenalina y cortisol se reducen y se incrementa en cambio la producción de serotonina, dompamina y endorfinas. Es decir, que la práctica de meditación nos ayuda a sentirnos más felices, serenos, atentos, agradecidos y amables. Fortalecemos además el sistema inmunológico y mejoramos en general nuestro estado de salud

Desde el punto de vista psicológico está demostrado que las personas que meditan son más tolerantes, tienen menos tendencia a preocuparse y desarrollan mayor calma y estabilidad interna. Son más propensas a ayudar a los demás y se adaptan mejor a las situaciones de cambio e inestabilidaḍ aDemás se ha observado que mejoran su capacidad para tomar decisiones y son más creativaṣ

Además de mejorar su capacidad de atención, son menos proclives a comportamientos reactivos cuando hay un entorno de “alta tensión”. Se ha observado que la práctica constante de meditación puede llegar a crear nuevos circuitos neuronales que modifican el córtex prefrontal y, en consecuencia, cambian nuestros paradigmas mentales. Es decir, que son capaces de mantenerse en el momento presente y observar los pensamientos con la mente del “testigo”, sin identificarse con ellos y de comprender ese cuerpo, esas emociones y esa mente con desapego.

¿Cómo establecerme en meditación?

El dhyana yoga propone el silencio y la escucha interior para protegerse del ruido externo y así purificar la mente y dotarla de claridad y discernimiento. Es un medio de autoconocimiento y de estar en contacto con nuestro ser interior. Si conseguimos establecer una práctica diaria de algunos minutos, veremos compensados todos nuestros esfuerzos. Los ingredientes básicos son compromiso, constancia y paciencia.

Las horas más adecuadas para establecer una rutina de meditación son las primeras horas de la mañana, al alba. Este momento del día que los sijs llaman amritvela, la hora de néctar (amrit), se sitúa justo antes del amanecer entre las 3 y las 6 de la mañana. Este momento del día es tranquilo y pacífico, el entorno duerme y las actividades y el bullicio cotidiano aún no ha despertado. Claro, este horario no es muy compatible con nuestras agendas ni con la vida en una ciudad, así que el mejor momento para meditar será cuando puedas encontrar tu momento de paz y tranquilidad para sentarte en un lugar limpio, sin distracciones, desconectado de tu agenda y de tu siempre presente dispositivo móvil. Es preferible que no te sientas cansado (para no caer en somnolencia) y que tu cuerpo y tu mente estén frescos, limpios y despejados.

Siéntate con la espalda recta, ya sea en el suelo o en una silla. Acomoda bien la postura y utiliza un cojín o mantas dobladas para elevar los isquiones y ajustar así la posición de la cadera. Deja que las rodillas caigan hacia el suelo y busca ante todo la comodidad. Si estás en una silla, mantén la espalda despegada del respaldo y coloca los pies en el suelo con las piernas paralelas. Entrelaza las manos y deja que reposen en el bajo vientre. Permite que tus ojos se cierren suavemente, sin forzarlos y deja que la atención se dirija a tu interior suavemente.

Una vez acomodado el cuerpo, permite que éste poco a poco se serene y se calme. Permítete esos minutos para que el cuerpo encuentre su acomodo, su estabilidad y simplemente espera a que se instale en ti la quietud. Una vez con el cuerpo calmo, lleva tu atención al movimiento de la respiración. Preferiblemente en el abdomen y siente cómo éste se expande y se contrae con la inhalación y la exhalación. No hagas esfuerzos por modificar tu respiración, déjala tal y como es, en cada momento. Desliza luego tu atención a la sensación táctil de tus fosas nasales con el roce del aire. Centra ahí tu atención para tener un punto focal al que volver cuando tu mente se disperse, que lo hará a cada momento. Mantén el ejercicio de volver a tu respiración, a cada momento, segundo tras segundo, pero sin esfuerzo. Y ahí, déjate estar, sin esfuerzos por controlar nada, sin alimentar los pensamientos, dejando que sean, que surjan y que se vayan. Así instante, tras instante. Respiración tras respiración. Con el cuerpo tranquilo, la espalda recta y la respiración natural.