Con su presencia, nuestras mascotas nos transmiten esa percepción de SER. Nadie pone en duda de que “ES”, ese concepto que expresamos diciendo “yo soy”, refiriéndonos a la esencia verdadera de nuestro ser, más allá de la identidad superficial que creamos a partir de nuestras experiencias, pensamientos y emociones.

La mayoría de nosotros identificamos ese “yo soy” con nuestra autoimagen, con una serie de ideas y etiquetas que tenemos de nosotros mismos: nuestra complexión física (soy alto o bajo, flexible, flaco…), nuestra habilidades (soy torpe, ágil, lento…), nuestro yo social, lo que nos aproxima o nos aleja de los demás. Pero también sabemos que nuestro Yo no puede ser sólo esa autoimagen que además cambia con el tiempo y con el entorno en el que nos movemos. De jóvenes igual éramos muy atléticos y ahora no nos mueven del sofá, o quizás en la oficina eres una persona seria y metódica y descubres que viajando eres el más guasón y el más caótico del grupo. No, nuestro sentido de identidad no puede proceder de una imagen que va cambiando y que sólo existe cuando pensamos en ella.

La imagen que tenemos de nosotros mismos ha cambiado desde que nacimos, nos vemos cambiar con los años y sabemos que esa imagen seguirá cambiando. También nuestros pensamientos, nuestros recuerdos, han cambiado. Como la naturaleza, nosotros somos transitorios, impermanentes. Sin embargo, eso que sentimos y saboreamos a cada instante como “yo soy” no cambia. No lo sentimos como un objeto, como podría ser la imagen que cada mañana nos devuelve el espejo; una imagen que la mente puede objetivar y describir: pelo largo, ojeras, ojos verdes, etc… Es una presencia pura de ser, sin más.

Esta esencia verdadera en sánscrito se conoce como Atman, un término que remite al concepto de “yo” de “alma”. Un sentir, una presencia que no asimos mediante deducciones, ni a través del intelecto. Sencillamente somos, sin intermediarios, lo saboreamos, es autoevidente para nosotros.

El Atman no es físico ni material, sino que es una esencia pura, consciente y eterna. Es la parte de nosotros que no cambia con el tiempo, a diferencia del cuerpo, la mente y el ego. El Atman es la fuente de nuestra conciencia, creatividad, alegría y amor.

Esa conexión con Atman es el objetivo final del yoga en su sentido amplio, más allá de las posturas físicas. Al no ser un objeto que nuestra mente puede describir con constructos, nuestra aproximación a Atman ha de ser a través de la experiencia directa. Estos son algunos ejemplos de cómo se manifiesta la experiencia del Atman:

  • La sensación de unidad y conexión con todo lo que existe.
  • Un profundo sentimiento de paz, alegría y amor incondicional.
  • Una clara percepción de la realidad, libre de ilusiones y distorsiones.
  • La capacidad de actuar con sabiduría, compasión y desapego.
  • La experiencia de la trascendencia del tiempo y el espacio.

El Atman es la esencia de nuestro ser, y conectar con él es el viaje más importante que podemos emprender en la vida. El yoga nos ofrece las herramientas y la guía para realizar este viaje y alcanzar la realización plena.